domingo, 4 de marzo de 2018

El síntoma en (psico)análisis




El síntoma en (psico)análisis


Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés


“Todos los fenómenos de la formación de síntoma pueden describirse con buen derecho como un «retorno de lo reprimido».” 
S. Freud. Moisés y la religión monoteísta

Introducción


Tal como sostiene Jean-Luc Nancy en su ya célebre escrito “El título de la letra”, leer a Lacan es leer un discurso que por fin ha planteado la relación entre el Psicoanálisis y el orden teórico, hasta antes de él había una silenciosa “acogida” del Psicoanálisis, entendiendo por ésta —dice Nancy—: “la hostilidad declarada, la anexión, la confiscación o la consagración a los fines, inmutables, de tal o cual aparato teórico. Más precisamente, a una justificación, a una verdad, lo que equivale a decir también, casi siempre, a una norma.”

Con Jacques Lacan por fin se rompe ese “sistema de acogida” para situar al Psicoanálisis en un campo teórico y proponer una reconfiguración de este, primero, distinguiéndolo de la psiquiatría, después, de las psicoterapias; Lacan supo articular el saber de su época con el cuidadoso examen de la Obra de Freud, tan cuidadoso fue con el legado freudiano que éste le llevó casi treinta años.

“El tiempo de la lectura es siempre tardío” —sostiene Jean-Luc Nancy— por supuesto, la lectura de la obra lacaniana no escapa a esta regla, por eso es preciso reforzarla, actualizarla. Si hay un concepto (en el sentido hegeliano) de Freud, que ha separado las diversas corrientes “psi” de la visión del Psicoanálisis, es el precioso concepto de “síntoma”, la construcción que realizó Freud, seguido de Lacan, del síntoma, tomado de su acepción médica, fue una verdadera revolución, desde su origen el síntoma había sido algo a transponer, algo a eliminar encontrando su “causa”. Con Freud, la “causa” del malestar del sujeto es a su vez su efecto, y con Lacan el síntoma es una construcción que, como respuesta, realiza un ser-hablante.

La clínica y el síntoma


En su investigación: El nacimiento de la clínica (1), Michel Foucault sostiene que hasta el siglo XVIII los médicos le preguntaban regularmente al enfermo, esta ínfima y decisiva pregunta: “¿Qué tiene usted?”, “veían” (su investigación —dice el mismo Foucault— trata sobre la mirada, es decir cómo cambia ésta para verificar la “enfermedad”) un conglomerado de especies nosológicas, de condiciones mórbidas. La clínica nace precisamente cambiando esa “ínfima y decisiva pregunta por esta otra: “¿Qué le duele?”, que es la representación de la mirada que fragmenta el cuerpo en elementos discretos. Aparecía así una nueva distribución de estos elementos discretos que conformaban “el” cuerpo, por ejemplo, el “tejido” que constituye una paradoja: la de ser una “superficie interior”, opuesta al órgano, también la condición mórbida era remitida al orden de lo fragmentario, organizándolo en series lineales en lugar de las “especies nosológicas”, se articula, a sí mismo, la enfermedad con una parte del organismo, se construye un espacio local para la enfermedad con sus causas y sus efectos. El nacimiento de la clínica trae consigo esta mirada que despedaza.

Esta reorganización de la mirada, provoca una reorganización profunda del discurso médico y del lenguaje sobre la enfermedad, “La contención del discurso (proclamada por los médicos: rechazo de la teoría, abandono de los sistemas, no filosofía), indica en secreto, esta reserva inagotable a partir de la cual ella puede hablar: la estructura común que corta y articula lo que ve y lo que dice.” (Ibídem, págs. 14-15)

El síntoma médico aparece así, como lo que perturba una cierta armonía, con la enfermedad localizada en uno o varios órganos.

En la tradición médica del siglo XVIII la enfermedad se presenta mediante signos y síntomas, el síntoma era la forma bajo la cual se hacía visible la enfermedad, por ejemplo: la tos, la fiebre, el dolor de costado, la dificultad de respirar no eran la pleuresía, ésta permanecía como “retirada”, es decir, como el paso de danza: avanzando y retirando con rapidez el pie. El síntoma era la “verdad” de la enfermedad. El signo, en cambio, era la forma futura de la enfermedad, su curación o su agravamiento, se trataba del éxito de la enfermedad: la vida o la muerte.

“Así, —dice Foucault— el siglo XVIII transcribía la doble realidad natural y dramática de la enfermedad; así fundaba la verdad de un conocimiento y la posibilidad de una práctica; estructura feliz y tranquila, en la cual se equilibran el sistema Naturaleza-Enfermedad, con formas visibles [el síntoma] que se arraigan en lo invisible, y el sistema Tiempo-Resultado, que se anticipa sobre lo invisible gracias a su sistema de señales.” (Ibídem, pág. 132)

La formación médica suponía esta doble mirada, el reconocimiento de signos y síntomas, hasta que ambos desaparecían, se traslapaban, se convertían en el significante (signo y síntoma) que hará por completo visible el significado, la verdad, de la enfermedad. De esta manera la enfermedad ya no estaba “más allá” de los síntomas, ya que su «colección forma lo que se llama la enfermedad» (Broussonnet, Tableou élémentaire de la semiotiqué. Citado por Foucault, pág. 133), así, el síntoma se convierte en “los síntomas”, que significan lo patológico, el rompimiento de una armonía, la “apariencia sensible de la enfermedad”, que no deben confundirse con la enfermedad. El síntoma se convierte en el significante de la enfermedad.

El síntoma se transforma en “expresión” de la enfermedad, su estado manifiesto, devuelve a la enfermedad su exterioridad o, lo que es lo mismo, su verdad interior. Ahora bien, entre el signo y el síntoma no hay diferencia, “lo que el signo dice, es lo mismo que es precisamente el síntoma”, “no hay signo sin síntoma”, pero la totalidad de los síntomas jamás alcanzará la realidad del signo, el síntoma, entonces, como expresión de la enfermedad, se transforma en signo, bajo la mirada sensible a la diferencia, la simultaneidad y la frecuencia.

Finalmente, en este devenir signo del síntoma, todas las manifestaciones patológicas hablarían en un lenguaje “claro y ordenado”, que estaría de acuerdo a un modo de ver a la ciencia como “lengua bien hecha”.

El síntoma en Psicoanálisis (Freud)


Siguiendo el rumbo trazado por la clínica desde el siglo XVIII, Freud admite que el síntoma puede descifrarse, hasta antes de sus trabajos: “Inhibición, síntoma y angustia” (1926 [1925]) y “El malestar en la cultura” (1930 [1929]) (2), es decir, antes de su giro de los años veinte, Freud es partidario de una lectura del síntoma para encontrar su velada verdad, en la articulación que Jacques Lacan describe como la cadena significante: S1 - S2; el lapsus, los sueños o los actos fallidos, el chiste (las formaciones del inconsciente), son fenómenos considerados como la “envoltura formal del síntoma”, ya que todos estos fenómenos tienen un sentido, que hay que hallar, reconstruyéndolo, en el análisis. El síntoma se encuentra así en el orden de las formaciones del inconsciente.

Con “Inhibición, síntoma y angustia” de 1925, Freud realiza un giro, a la manera del “giro lingüístico” en la filosofía de los años 70, ya no busca descifrar el síntoma, lo sitúa y relaciona con la pulsión, el síntoma pasa a ser pensado como un modo de satisfacción que se aparta del principio de placer y se manifiesta como displacer. Lo que aparece como displacer o sufrimiento enmascara una satisfacción, lo que se muestra como displacer se descubre como satisfacción.

Acaba, pues, la idea de un sentido que acompañe al síntoma y hace su paso lo que Lacan trabajará arduamente: el deseo. El deseo se presenta en la experiencia analítica como síntoma. “Llamo aquí síntoma, en su sentido más general, tanto al síntoma mórbido como al sueño o cualquier cosa analizable. Lo que llamo síntoma es lo que es analizable.” (J. Lacan, S. V, pág. 332) (3) Dice Lacan: “el síntoma se presenta bajo una máscara”, lo que el sujeto busca satisfacer es una demanda, que es otro nombre de la pulsión (4), el sujeto está implicado en una posición de deseo, esta posición está representada por el síntoma.

Como el síntoma se encuentra debajo de una máscara no permite orientar al sujeto, no permite encontrarle un “sentido”, ya que éste está encadenado a la demanda como deseo, podríamos decir que es un “puro deseo”. “La cuestión es la del vínculo entre el deseo, que permanece como un signo de interrogación, una x, un enigma, y el síntoma con el que se reviste, es decir, la máscara.” (Ibídem. Pág. 334)

Refiriéndose al “Eso habla” de Freud, Lacan comenta (todavía muy hegelianamente) que, en cuanto inconsciente, el síntoma se articula (como un lenguaje), es decir, el síntoma se presenta para hacer reconocer el deseo, pero para que nadie lo reconozca, he ahí el papel de la máscara, ya que “[e]ste deseo es un deseo que el sujeto excluye porque quiere hacerlo reconocer.” Tras la máscara se encuentra un deseo de reconocimiento que, a fin de cuentas, es un deseo de nada.

¿Qué es la máscara para Lacan, si no todas las identificaciones a las que el sujeto se ve llevado por someterse a la demanda, que siempre es la demanda del Otro? La demanda produce el “Ideal del yo” que va sobre la línea de transformación del deseo hacia la máscara, la demanda rehusada produce la máscara, por tanto, la máscara se constituye en la insatisfacción. Hay tantas máscaras como formas de insatisfacción.



Síntoma y pulsión (Lacan)


A diferencia del síntoma en los orígenes de la clínica (cf. La clínica y el síntoma), el síntoma en psicoanálisis es uno auto-diagnosticado, un síntoma es un malestar para un sujeto y reconocido como tal, el analista, a diferencia del médico, no ve los signos de la enfermedad en la que la palabra o el lenguaje serían simplemente tomados como medios, sino que “acoge el síntoma” (5), es decir, busca las huellas de un sujeto en lo que dice, no las huellas de una enfermedad.

Buscar las huellas de un sujeto en lo que dice, no quiere decir encontrarle un “sentido” a lo que se dice, ni siquiera a su vida, es más bien entender que en el inconsciente: “Eso habla”, pero, al mismo tiempo, y más importante aún, el síntoma como “uso”, ya que el síntoma sirve para el goce, allí donde el sujeto sufre, allí encuentra una satisfacción, de ahí que sea tan difícil deshacerse del síntoma.

Esto nos lleva a la lectura que hace posteriormente Lacan de Freud, a partir de: “Inhibición, síntoma y angustia”, en el que el síntoma se presenta como respuesta y no como enigma o pregunta, ya no es tomado como el recuerdo traumático de un evento, sino como el residuo de un encuentro del ser, es decir, de un acto, ya que para Lacan sólo se “es” en acto, el ser participa y es responsable, en cierta medida, de la respuesta que es el síntoma frente al acontecimiento extraño. Para Freud el síntoma es un “cuerpo extraño”, y Lacan aclara que el “cuerpo extraño” que afecta al sujeto, es el lenguaje mismo (6).

Este “valor de uso” que tiene el síntoma para el sujeto dista, como en la economía política de Marx, de su “valor de cambio”. El “valor de uso” es el “valor de goce”, heterogéneo del valor de cambio, ya que el goce carece de capacidad de circular, se coagula en un sujeto, por eso en Lacan se encuentran dos sentidos de la palabra goce, una, como “gozar de” y otra, como goce del propio cuerpo. El goce, en Lacan, es el fundamento económico del inconsciente, se trata de la economía que implica una energía que le es propia, una economía de la pulsión.

Hay una infiltración del goce en el síntoma que hace que aparente rebeldía ante la insatisfacción, así el síntoma escapa de su definición como metáfora, es decir, de su definición significante; con la infiltración del goce en el síntoma éste ya no se trata de Otro, tesoro del significante, o el Otro de la verdad, sino Otro como sede del goce.

La operación significante en el cuerpo, establece la marca de la castración, que es, de acuerdo a Lacan, la inscripción de la pérdida de goce, se establece así la alienación entre cuerpo y goce, no hay goce sin cuerpo, pero el sujeto ha quedado desapropiado del suyo, queda la recuperación del goce perdido y la elección obligada es el cuerpo, así el goce retorna sobre el cuerpo, lo rodea, ronda por los agujeros, que son los medios de producción del “plus de gozar”.

El cuerpo así mortificado por el significante, “cuerpo gozante”, es un cuerpo subjetivado, sin el goce-todo correlativo al no-todo de la verdad, el goce sólo puede ser parcial y momentáneo (la pulsión siempre es “pulsión parcial”), así como la verdad sólo puede decirse a medias, el goce parcial satisface a un sujeto no al organismo biológico, en esta posición se encuentra el “objeto a”, que es a la vez pérdida y recuperación.

Uso del síntoma


El sujeto usa de su síntoma ya que es lo único que encuentra para orientarse (por debajo de su máscara) hacia el encuentro ficticio del goce perdido, cuyo emblema es el “objeto a”, logra orientarse mediante el uso de su cuerpo, es decir, como esclavo: “el ser cuya obra es el uso del cuerpo” (7), esto quiere decir que el sujeto no padece de un síntoma, no es pasivo a él, hay una participación del ser, el sujeto es responsable de lo que percibe como sufrimiento, pero que es una solución frente a lo que lo afecta, por eso la respuesta sintomática es diferente en cada caso.

El síntoma es una respuesta-solución a la demanda descomunal del Otro con el que el sujeto no puede lidiar, el síntoma hace fracasar la demanda del Otro, este es su uso más frecuente: ser sostén frente a la demanda del Otro, el punto desde el que se articula el deseo que se distingue de la demanda y la necesidad. 

Estas son las razones por las que el análisis no busca eliminar el síntoma, ya que es el punto de dignidad del sujeto, que se queje, que quiera deshacerse de él es la posición subjetiva del orden del no-saber, esta relación paradójica del sujeto con su síntoma, está firmemente ejemplificada por la histeria (de la que parte Freud para encontrar el inconsciente), como la del sueño llamado “de la bella carnicera” (8), en la que el deseo es un deseo de tener un deseo insatisfecho; también en la obsesión encontramos ejemplos como la postergación en la toma de decisiones, que es una manera de enfrentarse al Otro demandante, haciéndolo esperar para que aparezca el deseo.

Podemos preguntarnos aquí: ¿por qué una respuesta, que es una solución, puede afectar al sujeto enfermándolo? Porque tal respuesta es un cuerpo extraño al que el sujeto tiene que acomodarse, hay una exigencia a la que el sujeto no ha logrado dar más respuesta que su síntoma.

Notas y bibliografía


(1) Michel Foucault. El nacimiento de la clínica. Una arqueología de la mirada médica. Trad. Francisca Perujo. (México: Siglo XXI Editores, 2001)

(2) Sigmund Freud. Inhibición, síntoma y angustia. O C. T. XX. Trad. José L. Etcheverry. (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1992).

El malestar en la cultura. O C. T. XXI. Trad. José L. Etcheverry. (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1992)

(3) Jacques Lacan. Las formaciones del inconsciente. S. 5. Trad. Eric Berenguer, (Buenos Aires: Paidós, 2003). Pág. 332

(4) “La pulsión es entonces la ficción que trata, en el núcleo de la experiencia analítica, sobre la paradoja de la satisfacción en el sujeto: estar satisfecha no es tener aquello que su corazón o su cuerpo necesita, pide y hasta desea. […] La pulsión manifiesta las consecuencias, sobre el goce, de la inscripción en el orden simbólico. Es la respuesta freudiana a esta subversión de la satisfacción en el Bien, respuesta cuyo origen Lacan ubica en Kant. Cuando la satisfacción de la necesidad implica el retorno de un objeto, su consumo y la repetición del mismo, la satisfacción pulsional exige la ausencia del objeto, como causa de una Spaltung en el sujeto, y la repetición de lo diferente: es por lo tanto despliegue de un trayecto circular.” Marie-Hélèn Brousse. El síntoma y la pulsión. En: AA. VV. La envoltura formal del síntoma. Trad. Adriana Torres. (Buenos Aires: Ediciones Manantial, 1989). Págs. 17-25

(5) Colette Soler. La querella de los diagnósticos. Trad. Pablo Peusner. (Buenos Aires: Letra Viva Editorial, 2009)

(6) Daniel Heller-Roazen en: Ecolalias. Sobre el olvido de las lenguas, presenta muchos ejemplos de este “cuerpo extraño”. Trad. Julia Benseñor. (España: Katz editores, 2008)

(7) Definición de esclavo en la Política de Aristóteles, citado por Agamben Giorgio Agamben. En: El uso de los cuerpos. Trad. Rodrigo Molina-Zavalía. (Argentina: Adriana Hidalgo Editora, 2014)

(8) Sigmund Freud. La desfiguración onírica. En: La interpretación de los sueños. O. C. T. IV. Trad. José Luis Etcheberry. (Buenos Aires: Amorrortu, 1991). Págs. 164 y sigs.

domingo, 7 de enero de 2018

La biografía de Lacan de Élisabeth Roudinesco (Reseña)




Élisabeth Roudinesco


















La biografía de Lacan de Élisabeth Roudinesco (Reseña)

Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés 


“¿No sabéis que a los hombres les sucede no estar a la altura de sus obras?” J. P. Sartre


Lectura silenciosa

 

Uno, de los más de diez verbos que significan “lectura” en griego es (némein), que quiere decir: “distribuir” (1), pues se leía en voz alta, se ponía al oído de otros, se compartía, pero también, al mismo tiempo, servía para salvar las dificultades de leer, pues las palabras se escribían juntas y no había signos de puntuación. Según San Agustín es San Ambrosio quien inventa la lectura en silencio, lo observa leyendo con los labios cerrados, con lo cual termina (Borges dixit) la época de la palabra oral y comienza la época de la palabra escrita. Luego, con la invención de los signos de puntuación la lectura se hará más íntima.

Este pequeño rodeo era necesario para sostener que la biografía de Jacques Lacan, escrita por Élisabeth Roudinesco, se lea en un triple silencio: primero, por lo dicho anteriormente; segundo, porque cuando se trata de una biografía “no autorizada”, se trata cuasi de una intromisión, con todo el peso que esta palabra tiene; tercero, porque corrió sobre ella (la biógrafa no autorizada por Jacques Alain Miller, albacea testamentario de Lacan) un anatema. Aún antes de que se editara, se corrió el rumor de que sacaba los trapos sucios de Lacan a ventilarlos fuera del ámbito privado donde deberían quedar, por supuesto esto avivó más el deseo de adquirir aquel libro. 

Los primeros que lo leyeron, los más cercanos a Lacan, inmediatamente desaconsejaron su lectura, así pues, los que nos acercamos a su obra ulteriormente, lo hicimos silenciosamente para no ser descubiertos en su prohibida lectura, son pocos los comentarios que circulan aquí y allá, al final, los censores optaron por la indiferencia, entonces es hora de reavivar la polémica. Leerla (némein) en “voz alta”, “distribuir” su contenido.

La biografía de un psicoanalista

 

La biografía (2) fue editada por primera vez en 1993, en castellano se publicó un año después, actualmente ya van más de siete reimpresiones. A simple vista es un libro amplio, de más de ochocientas páginas en letra menuda, por eso, a simple vista, es una biografía digna de un personaje como Lacan, revisando el índice encontramos su división en nueve partes, a la manera familiar del gran biógrafo Stefan Zweig (que escribió una sutil biografía de Freud): “Figuras de padres”, “Locuras femeninas”, “La edad adulta”, “Historias familiares”, “La guerra, la paz”, “Elementos de un sistema de pensamiento”, “El poder y la gloria”, “La búsqueda de lo absoluto”, “Herencias”.

Al primer intento uno se sentiría tentado de abrir el libro allí donde titula: “Elementos de un sistema de pensamiento” y saltarse todo lo demás, pero el deseo escópico de “mirar más” prevalece, y se comienza leyendo desde la primera página hasta la final, ayudado por la autora, ya que se trata de un estilo narrativo muy cercano a la novela, que Roudinesco maneja muy bien. Sin embargo, para unas notas como estas, es necesario recortar y concentrarse en lo que puede tener un interés mayor. Que una biografía sea de ayuda a la lectura de la obra de alguien llamado Jacques-Marie Émile Lacan no es totalmente cierto, no lo es porque él mismo, como analista, practicaba el arte de la interpretación en lo concerniente a su enseñanza oral, en cuanto a su enseñanza escrita, es otra la función del lenguaje y la palabra, tal como indica Jean Claude Milner (3), la obra de Lacan puede dividirse en los Scripta y el Seminario. Pero, aún hay otra razón para leer una biografía de Lacan, aunque sea una no autorizada, es la relación de su obra, de más de treinta años, con las circunstancias que le tocó vivir, se trata de la duración bergsoniana de su trabajo teórico.

Aires de familia

 

El 13 de abril de 1901, a las dos y media de la tarde, nació el primer hijo de Charles Marie Alfred Lacan y Émile Philippine Merie Baudry, fue presentado por su padre y sus dos abuelos al funcionario del registro civil de la alcaldía del tercer distrito de París y después bautizado en la iglesia Saint-Denis-du-Sacrement, con el nombre de Jacques Marie Émile Lacan. Jacques fue el mayor de los cuatro hijos de la familia Lacan: Raymond, que murió después de cumplir dos años, Madeleine Marie Emmanuelle y Marc Marie, quien más tarde tomará los hábitos de dominico con el nombre de Marc-François.

El rasgo más importante de la infancia de Jacques Lacan está resaltado por Roudinesco con la desastrosa relación de Jacques con su abuelo paterno (“ese execrable pequeño burgués —dice Lacan— que era el mencionado buen hombre; ese hombre personaje gracias al cual accedí a una edad precoz a esta función fundamental que es la de maldecir a Dios”).
Jacques Lacan se educó en el colegio Stanislas, cuando este colegio había dejado de ser marista para pasar a ser un colegio laico y secular, en 1908 el abate Jean Calvert fue nombrado director de los estudios literarios, Calvert se había hecho especialista en clasismo francés en la Sorbona, de tal manera que sus autores privilegiados venían precedidos por Pascal y Bossuet, seguidos de Racine, Malherbe y La Fontaine, no se hablaba de Ernest Renan, la poesía moderna estaba representado por Edmond Rostand, en cambio, Baudelaire estaba calificado de “poeta mórbido” y Mallarmé no existía, para colmo, el abate  Beaussart, censor del colegio, se propuso luchar contra las seducciones de la literatura, “No dejéis que la duda, neurastenia de la inteligencia, os invada”. En cuanto a la filosofía, en el colegio se honraba a Descartes. Así fue como Jacques Lacan recibió una educación clásica muy poco dirigida al espíritu de las Luces, como la de algunos de sus contemporáneos.

A los 17 años Jacques Lacan comenzó a frecuentar una librería de París situada en la calle del Odéon, Adrienne Monnier, su propietaria, organizaba allí lecturas públicas con autores como André Gide, Jules Romains, Paul Claudel, allí Lacan conoció a André Breton. En la librería Shakespeare & Co. oyó, maravillado, la primera lectura de Ulises de James Joyce, hacia 1923 escuchó hablar, por primera vez, de las teorías freudianas. A todo esto, sus padres comenzaron a inquietarse de su hijo que odiaba sus orígenes “se vestía como un dandy y soñaba convertirse en Rastignac”, para ese entonces Lacan enrumbaba hacia la medicina o la política.

Los tres hermanos Lacan compartían un rasgo en común, querían y lo habían logrado, romper los lazos familiares, cada uno a su modo, Marc uniéndose a la religiosidad católica, Marie Emmanuelle, yéndose a vivir al extranjero, Jacques Lacan rompiendo intelectualmente con el legado de la familia paterna que quería verlo como el continuador de la tradición de la venta de mostaza.

El psiquiatra

 

El momento en que Lacan se decidió por la medicina, el freudismo se introducía en la psiquiatría dinámica, en la psicología de Pierre Janet y en la filosofía de Bergson, la intelectualidad francesa se negó a aceptar las teorías freudianas como “germanas” y más bien las vieron como ideas profanas que abrían un camino inesperado hacia el inconsciente, admiraban a ese “austero científico” (Freud) que había osado escuchar las pulsiones más íntimas del ser, aún a riesgo de la soledad y el escándalo.

Así es como Lacan entra al campo médico y el 4 de noviembre de 1926 realiza, en la Sociedad Neurológica de París, su primera presentación de enfermo bajo la dirección del gran neurólogo Théophile Alojouanine. El paciente tenía (podríamos decir que “sufría”) un diagnóstico como sigue: ”fijación de la mirada por hipertonía, asociada a un síndrome extrapiramidal con perturbaciones seudobulbares.” Dice Roudinesco —autora también de la más completa historiografía de la psiquiatría francesa—: “La observación clínica hecha por Lacan era larga, minuciosa, estrictamente técnica y desprovista de afectos: la rutina ordinaria de la miseria hospitalaria.”

He ahí la entrada de Lacan al campo de la psiquiatría. Lacan siempre sostuvo que su maestro en psiquiatría fue Clérambault, pues bien, con él Lacan sostuvo una relación tan paradójica y contradictoria como puede ser una transferencia amorosa. Gaëtan Gatian de Clérambault, también había estudiado en el colegio Stanislas, cursó estudios de derecho, para escoger más tarde medicina, con casi treinta años más que Lacan, era un misógino convencido, en el tiempo en que Lacan estudiaba con él fue nombrado jefe de la sala de alienados de la Prefectura de la Policía, donde estuvo hasta su suicidio en 1934. Clérambault, fue el que construyó “el bellísimo edificio del síndrome de automatismo mental”, a partir del cual intentó una clasificación de las enfermedades mentales, separando las psicosis alucinatorias de los delirios pasionales introdujo esa “locura de amor casto llamada erotomanía”, para Clérambault, la erotomanía aparecía como una representación de la realidad tan lógica como cualquier otra, así compartía con Freud y los surrealistas que la locura estaba muy cerca de la verdad.

La influencia de Clérambault en Lacan fue tan fuerte como para aparecer en el primer “texto doctrinal” de éste: “Structures des psychoses paranoiaques” (muy cercano al título de su tesis doctoral), publicado en 1931 en el Semaine des Hôpitaux de París, en el que aparecía la noción de “estructura” en el sentido fenomenológico, dividía en este texto tres tipos de psicosis paranoicas: “la constitución paranoica, el delirio de interpretación, los delirios pasionales.” En la última parte de este texto aparecía, por primera vez en él, una referencia a Freud, escribía allí de los “técnicos del inconsciente” para criticarlos por su impotencia frente a la paranoia. Así, Lacan, a sus treinta años, conocía mal la teoría freudiana.

Lacan, agregaba, al final de su artículo, una nota para Clérambault, sabiendo que éste, tiránico como era, pedía de sus discípulos una fidelidad incondicional, escribía: “Esta imagen está tomada de la enseñanza verbal de nuestro maestro, M. G. de Clérambault, a quien debemos tanto en materia y en método que necesitaríamos, para no arriesgarnos a ser plagiarios, rendirle homenaje en cada uno de nuestros términos.”

A pesar de tal nota, Clérambault, acusó a Lacan de haberlo plagiado, tirándole, en plena reunión de la Sociedad Médico-Psicológica, los ejemplares dedicados de sus obras, sin inmutarse Lacan contestó que era Clérambault quien lo había plagiado.

Lacan prosiguió su itinerario psiquiátrico de la mano de Henri Claude, “patrón introvertido de la clínica de las enfermedades mentales de Sainte-Anne”, bajo sus auspicios presentó en mayo de 1931, en la Sociedad Médico-Psicológica, dos casos de “locuras simultáneas”, después, Lacan se interesó en las perturbaciones del lenguaje escrito, presentando en noviembre del mismo año junto a Lévy-Valensi y Mignault, un caso de paranoia femenina, en el que definían la estructura paranoica partiendo de las perturbaciones semánticas, estilísticas y gramaticales, según los autores en esta paranoia el automatismo mental se asemejaba a las creaciones del surrealismo, se aparataban así de la psiquiatría clásica.

George Bataille

 

La relación de Lacan con George Bataille es de las más importantes no sólo para la teoría que desarrollará después, sino sobre todo porque a partir de ella, la vida de Lacan dará un giro irreversible. Pero, también es interesante detenerse en la historia de Bataille que nos presenta Roudinesco, ya que echa luces sobre aspectos de la biografía de éste. Como muchos intelectuales franceses de entre guerras, Bataille quedó convencido e influenciado por el freudismo, tanto así que siguió un análisis con Adrien Borel, psicoanalista fundador de la Sociedad Psicoanalítica de París que gustaba ocuparse de los artistas y creadores, Bataille tomaba el análisis —sostiene Roudinesco— como se tomaría una aspirina.

Borel fue quien, de una manera totalmente brutal, acercó a Bataille a “su” literatura, es decir a la literatura que Bataille escribiría después. La historia es truculenta y esta es una de las razones de leer a Roudinesco —excelente conocedora del mundo intelectual francés— pues nos acerca a la biografía de personajes cercanos a Lacan, ese capítulo lleva el título significativo de: “Historias familiares”. 

Todo sucedió a partir del momento en que Borel muestra a Bataille una fotografía de Louis Carpeaux, que luego fue reproducida en el famoso “Tratado de psicología” de Georges Dumas, mostraba una escena espantosa en el que un chino culpable de asesinato de un príncipe era sometido a un suplicio que consistía en ser despedazado en cien trozos, Dumas había asistido a esa escena junto con Carpeaux y la había comentado sosteniendo que el supliciado tenía toda la apariencia de los místicos en éxtasis, pero agregaba que esa apariencia provenía de la gran cantidad de opio con la que se atiborraba al supliciado para prolongar su tormento. El contraste entre la dulzura de la expresión del rostro de ese hombre y su cuerpo despedazado impresionó a Bataille: “Lo que veía súbitamente era la identidad de esos perfectos contrarios que oponen al éxtasis divino un horror extremo.”

Sólo así Bataille pudo escribir su primer libro importante: “Historia del ojo”, que además fue comentado, y hasta corregido en cada sesión de análisis, con Adrien Borel, Bataille mismo lo asegura: “El primer libro que escribí, no pude escribirlo más que psicoanalizado, sí, al salir de ello. Y creo poder decir que sólo liberado de esa manera pude escribirlo.”

Baja esa acción transferencial Bataille comenzó esa obra que sería la que lo diera a conocer, mantuvo con Borel una amistad entrañable y le dirigió cada una de las obras que escribió hasta su muerte, también, bajo esa acción transferencial conoció a quien sería su esposa: Sylvia Maklés, quien después sería esposa de Jacques Lacan.

La muerte de Lacan o la pérdida de la voz

 

Toda muerte comienza temprano, justo después del nacimiento, el tiempo la va ajustando, la modula, la de Lacan comenzó en el otoño de 1978, con un leve accidente automovilístico en su mercedes rumbo a Guitrancourt, la periferia de París donde Lacan había comprado una residencia, salió ileso pero a partir de allí ya no fue el mismo, se mostró fatigado y disminuido, su vigésimo sexto año de seminario debía confluir en: “La topología y el tiempo”, en su inauguración el 21 de noviembre de 1978 calló, por primera vez en más de 30 años de proveer el más interesante material intelectual, sólo comparable al que produjo Michel Foucault. En esa sesión Lacan se embrolló con sus nudos, habló brevemente de su error y salió de la sala.

Corrieron muchos rumores sobre la salud de Lacan, se decía que callaba a propósito, que todo era producto de su edad, que se mantenía lúcido pero silencioso, sus más cercanos no querían observar el devastador sufrimiento que lo aquejaba y que le hacía pasar de la risa al llanto. Sólo Jenny Aubry, neuróloga de profesión, se dio cuenta cabal de lo que le pasaba a Lacan, ella pensaba que por los signos que lo aquejaban, que eran perturbaciones vasculares de naturaleza cerebral. Eran —dice Roudinesco— los signos inequívocos de una patología que avanzaba lentamente y que se manifestaría con toda su fuerza en julio de 1980. Tendrá “«ausencias», accesos de ira, automatismos y una especie de afasia que es difícil atribuir a la edad, a la fatiga o a una depresión de origen psíquico.”

Este es el tiempo —8 de enero de 1980— en el que Lacan disolvió la Escuela Freudiana de París, que él había fundado, en las sesiones del seminario, Lacan volvió a hablar, pero ya no como antes, leía textos mecanografiados, que luego se publicaban en Le Monde o en Ornicar?

Desde el 20 de septiembre de 1980, su círculo más íntimo sabía que Lacan tenía un cáncer incipiente de colon, lo había diagnosticado él mismo, el médico que le hizo un examen físico no había encontrado nada, Lacan dijo: “es un idiota, yo sé lo que tengo”, si el tumor hubiera sido extirpado en ése momento su sanación estaba asegurada, pero Lacan tenía fobia a las cirugías de cualquier tipo, por eso se negó rotundamente a ser intervenido. En la celebración de la disolución de la escuela en la Casa de América Latina, Lacan no dijo una palabra, miraba a todos al parecer sin reconocer a ninguno, Roudinesco transcribe el testimonio de Maud Mannoni: “Sus allegados lo habían traído como a un fetiche para celebrar la disolución de su propia escuela. Estaba sentado a una mesa, con Gloria haciéndole de mamá. No reconocía a nadie. Su mirada estaba vacía, su mano inerte. A partir de esa fecha, durante un año, será arrastrado por su círculo a múltiples reuniones para legitimar con su presencia lo que se hacía en su nombre. Asistimos a la exhibición indecente de un hombre muy enfermo […] Lacan se había vuelto enteramente enmudecido (sic), pero el impacto de su leyenda era tal, que las gentes sugestionables lo oían hablar en su silencio.”

El 13 de noviembre de 1980, Lacan firmaba su testamento nombrando come heredera universal a su hija Judith, en el mismo documento nombraba a Jacques-Alain Miller como su albacea de su obra publicada y no publicada.

Entre diatribas de un lado y otro Jacques-Alain Miller rompe con la mayoría de psicoanalistas más íntimos de Lacan, entre ellos con Charles Melman, su analista.

El 21 de agosto de 1981 Lacan fue internado —bajo un nombre falso— debido a su afección intestinal que le provocaba terribles dolores, después de decidir un tipo de intervención quirúrgica fue operado, todo pareció muy bien por unos días, pero la sutura se rompió y provocó una peritonitis y luego una septicemia, Jacques Lacan murió el miércoles 9 de septiembre, según Roudinesco, pronunció estas palabras: “Soy obstinado […]. Desaparezco”.

Anatema y las fuentes de Roudinesco

 

Según el Diccionario Teológico del Nuevo Testamento (4), la palabra anatema nos viene del griego anatema, lo execrable, lo maldito, pero también lo que es objeto de entredicho, de aquello que el hombre no puede disponer para usos profanos. 

Encontramos en la obra monumental de Élisabeth Roudinesco, el uso profano y que pone en entredicho la vida de Jacques Lacan, pero sobre todo deja en suspenso ciertos detalles sobre la obra publicada posteriormente por su albacea testamentario y que fue motivo de innumerables querellas legales, está respaldada por una abundante colección de citas y testimonios personales de allegados de Lacan, las páginas dedicadas esas notas van de la 649 hasta la 699, en letra pequeña, su bibliografía alcanza un número similar.

Roudinesco pone en las manos de sus lectores un abundante material sobre la vida de Jacques Émile Lacan, es una verdadera lectura (némein).

Notas

(1) Lo atestigua un pequeño fragmento de Sófocles. Antes de la batalla de Troya los griegos pasan revista a sus tropas y le ordenan a alguien: “Tú que estás sentado en el trono y que tienes en a mano las tablillas de escritura, ¡lee [néme] la lista para que sepamos si hay ausentes entre quienes prestaron juramento!”. Cf. Historia de la lectura en el mundo occidental. Guglielmo Cavallo y Roger Chartier. Comp. (España: Taurus, 1998).

(2) Elisabeth Roudinesco. Lacan. Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento. Trad. Tomás Segovia. (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2012). Todas las citas entre comillas y sin nota, pertenecen esta edición.

(3) De acuerdo a Jean-Claude Milner (L' OEuvre Claire. Lacan, la science, la philosophie. 1995), la obra de Lacan se bifurca en dos caminos: los Scripta, lo escrito y el Seminario, lo hablado. En Lacan, a la inversa de Aristóteles, lo esotérico está en lo escrito, en los Scripta, dirigido a los que están "dentro"; lo exotérico en lo hablado, en el Seminario, que se dirige a los que están "fuera". Milner saca dos conclusiones lógicas de esta caracterización de la producción lacaniana: que no hay nada demás en los Seminarios que en los Scripta y que, por tanto, toda la obra de Lacan se encuentra en sus Escritos.

(4) Diccionario Teológico del Nuevo Testamento. Vol. III. Lothar Coenen, Erich Beyreuther y Hans Bietenhard. (Autores). (España: Ediciones Sígueme, 1980). Lacan había señalado en su carta de disolución de la Escuela Freudiana de París, que: “La stabilité de la religión vient de ce que le sens est toujours religieux.” (La estabilidad de la religión proviene de que el sentido es siempre religioso.). Carta de disolución. En: Tout-pas-tout Lacan. Versión 2012, pág. 1960.